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Luis Claramunt

Claramunt visto por...

 

Juan y El Gato 

(escrito de Teresa Lanceta sobre Retratos de Luis Claramunt)

           

JUAN

 

A Juan le llamaban el perro. Según contaba él mismo, el mote se lo pusieron de niño unos gitanos vecinos que le vieron comer unos huesos. Lo empleaban amigos y enemigos ya que reflejaba muy bien lo que veían en él unos y otros.

Juan, como muchos gitanos, tenía apariencia de un indio guerrero de Arizona, fuerte, siempre alerta, tenso, distante y estirado, de piel más cobriza que oscura y pelo largo peinado hacia atrás. Tocaba la guitarra en tablaos y fiestas. Su toque era escueto, sin las florituras en que fueron degenerando buena parte de los artistas flamencos. Se le encontraba en el Patio Andaluz, en el Camarote o en el Tronío, en calles adyacentes a Escudillers, en pleno barrio chino barcelonés. No eran lugares turísticos ni tenían como en las salas madrileñas un ambiente heterogéneo, lo que posiblemente no existía en Barcelona, sino que albergaban un público, catalán o no, aficionado al flamenco más puro. En los años setenta, cuando compartimos casa, vida y amistad con Juan, las mariposas y los cursis amaneceres que aparecieron en boca de los gitanos más jóvenes, apenas sonaban ni competían con las grandes figuras del flamenco. Oíamos el cante de Jerez, del Terremoto, del Borrico, de las hermanas de Utrera, a Joselero, con el toque de los moraos, o el de los parrillas, etc., que estaban en activo. Cuando canto la boca me sabe a sangre, decía por aquellos años Tía Anica, la Piriñaca.

Juan era solitario y respetado. Le vi por primera vez en una terraza de la Plaza Real; era verano y llevaba una camisa roja de blonda muy ajustada transparentando su piel. Pasaba de los cuarenta y tenía dos familias. Nosotros nos fuimos a vivir con su segunda mujer, Charo, el padre de ésta, Valentín y los tres hijos de ambos. Charo, prima lejana de Carmen Amaya, era tan joven como nosotros y bailaba y cantaba con mucha fuerza. La acompañé a muchas fiestas. Juan no faltaba a ninguna de sus dos casas: cenaba con Charo, se iba a trabajar con ella y volvía a casa hasta el amanecer en que se iba a un poblado extrarradio donde vivía su otra familia para,  de nuevo regresar al barrio chino por la noche. Ello le acarreaba muchas complicaciones que afrontaba escurriéndose de ellas. No tenía salario ni seguridad ninguna, dependía enteramente de los clientes, buscándose la vida tocando de local en local. Era una continua fiesta.

Pero la alegría del barrio chino es muy efímera y atenaza los destinos sin respiro.

Juan, como tantos otros, murió absurda y trágicamente : una puñalada acabó con su vida. En el forcejeo de una pelea, unos amigos le sujetaron para apaciguarlo, abriendo el paso de la navaja hacia su corazón. Su muerte se sintió mucho porque era muy querido. El agresor cumplió dos años de cárcel: una pistola que Juan guardaba en la funda de la guitarra, fue el alegato que el asesino puso en su defensa, a pesar de que sabía, como todos nosotros, que era de juguete y de que, lógicamente, no fue esgrimida aquella noche. Nadie en el juicio contradijo su versión. El agresor, también gitano, tenía otra muerte anterior.

El cante gitano, con su desgarro y belleza, atenúa la crueldad y el dolor de la vida. Algo de esto debió sentir Luis cuando años más tarde pintó a Juan sobre su guitarra.

 

 

 EL GATO

 

 Luis pintó a lo largo de los años numerosos retratos pero, tan sólo en un reducido número de ellos, la persona y el sentimiento que ésta le producía, trascendían al cuadro.

Juan, El Gato y Valentín le habían tocado y así se aprecia en las pinturas.

El retrato del primero es el más lírico, también Juan estaba más unido a nosotros y era un ser admirable. El de El Gato es un retrato expresionista, de líneas torturadas y contornos negros. El Gato vivía de cantar y en verano recorría la Costa Brava con un grupo flamenco acompañando en el escenario con su cante a los bailaores y conduciendo la furgoneta que les llevaba de un lugar a otro, pero en cuanto acababan las galas, volvía al barrio chino dónde noche tras noche se reproducía la escena que podemos contemplar al juntar ambos cuadros. Era nuestro compadre: bautizamos a uno de sus hijos. Tenía muchos por lo que, cuando las cosas empeoraron marchó a Francia bajo la protección de una ley que, al incentivar económicamente a los hijos, atrajo a muchas familias gitanas.

 El azul que Luis empleó en ambos cuadros era el mismo que utilizaba para pintar el cielo de Madrid y el de Horta de San Juan, un azul intenso que conmueve a todo el que ha vivido bajo el cielo plomizo de las ciudades cercanas al mar, un azul cerúleo que aparece antes del atardecer y se mantiene hasta bien entrada la noche. El azul del crepúsculo, el mismo que envuelve a ambos amigos y al propio Luis cuando los recuerdo.