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Claramunt visto por... |
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LAS CIUDADES INTERIORES Jose Mª Sarriegui. Diario de Mallorca. 1987.
“Tarde o temprano siempre se llega a una ciudad que resulta ser la imagen de las ciudades interiores” (Anaïs Nin). Luis Claramunt es perfectamente consciente de que pinta las postrimerías de un mundo que se desmorona. Lo que se desmorona es el alma comunal e individual que forjó todos los sueños de una vida de dignidad y profundidad. Hay dos datos significativos al respecto: por una parte, y como patente de fiabilidad, su recelo hacia todo lo americano (sancta-simplicitas de un lamento para la cera de nuestros oídos: la abyecta complacencia con la que somos testigos de este avasallamiento de una gravedad cultural sólo explicable desde la patología o desde la anestesia de la sensibilidad); en segundo lugar, una frase suya tomada de una conversación con el escritor y crítico Kevin Power, en la que asegura pintar un instante de pura actualidad, “deteniendo la historia en uno de los momentos de su caída. Hay un clima de tristeza, cuando no de hosca e impía tiniebla en la mayoría de sus cuadros. Cierto que Marrakech ha traído el hálito de una recuperación de la luz, pero ahora la ausencia parece haberse desplazado a los rostros. ¿ A qué responde esta persecución de lo esencial, la sobria vibración espiritual de estos lienzos?, ¿Qué poso nos deja este destierro de todo lo superfluo y la consiguiente concentración en una austera intensidad?, ¿No penetramos en los abismos de una gravedad interrogadora?. Los expresionistas históricos dejaron bien claro que la forma era siempre la de sus estados anímicos y que el color hacía las veces de una analogía emotiva. Estas cinco ciudades (Barcelona, Palma, Madrid, Sevilla, Marrakech) pintadas en el tamiz anímico de Luis Claramunt, al igual que sus seres antes insinuados y que en Marruecos ganan una presencia de primer plano, son la transposición pictórica de un alma doliente y a la intemperie: no la del pintor, sino la de unas culturas en dramática regresión, refugiadas en los arrabales inhóspitos de unas ciudades en las que perviven los destellos de una intimidad a punto de ser violada. Hay viajes arquetípicos para la sensibilidad. Hay geografías obligadas que brillan con el fulgor del reclamo: Delacroix, Matisse, Paul Klee, Macke buscaron también en el Magreb el calor de una honda religiosidad, el recato, la ausencia de exhibicionismo y la simplicidad de sus gentes. Resulta curioso, incluso aleccionador, que Claramunt rehuya progresivamente toda representación de fachadas para sumergirse en los intersticios más íntimos de sus ciudades: no le interesa la máscara, no le afecta a su ánimo poco predispuesto a la ostentación. Es el laberinto interior- nudo de vitalidad, ejercitación de una difícil coexistencia- el que jalona su ruta hacia lo más oculto, hacia los recovecos y vericuetos en que se agazapan, quizás en agonía, los últimos centelleos de una perdida integridad. O, dicho con Anaïs Nin, ciudades interiores. Ciudades, nunca urbes, conurbaciones, metrópolis. La Civitas romana, la polis griega entendida como estado del alma y como santuario privilegiado en el que se desarrolla la historia: el ideal de una convivencia racional entre los seres humanos, entre los cives, los ciudadanos. Claramunt parece hurgar en el palimpsesto estratificado en el que este noble deseo quedara sepultado: ciudades siempre con historia y con raíces aún activas, ciudades en las que el tempo de la vitalidad se acompase armónicamente con el tempo de la intimidad y la meditación. Fusionando lo lírico y lo grotesco, esta exposición retrospectiva que se ofrece en el Palau Solleric debería dar que pensar. Pero Palma seguirá sumida en su tradicional frivolidad, aletargada, con la aquiescencia de todos.
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