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Luis Claramunt

Claramunt visto por...

 

Francisco Carpio. Revista Lápiz. Marzo 2000.
Fragmentos de articulo Territorios del corazón

 

Cuchillo blanco ,cuchillo negro.

Intermitentemente, incluso con una cierta periodicidad interna e incontrolable, aparecen artistas que, sin aprender en escuelas y academias, sin necesidad de conocer no controlar las reglas del juego, adquieren el dominio y el control de un lenguaje artístico. Y lo hacen por pura pulsión vital, por una íntima creencia.

Este es el caso de Claramunt. Nacido en Barcelona en 1951 comienza a pintar a los 15 años de una forma autodidacta. Como afirma Maria Antonia De Castro Luis Claramunt se ha ahorrado el trabajo de olvidarse del toreo de salón, y su experiencia se ha ido haciendo pateándose Él solito los andurriales del oficio desde los 15 años, la edad de los maletillas. El propio Claramunt, señalará se puede enseñar a tocar la guitarra pero no se puede enseñar a cantar.

Realiza su primera exposición individual en 1971 a los 20 años, en el Taller de Picasso de Barcelona, sala que fue durante años el reducto de una cierta bohemia barcelonesa. Ya desde un primer momento va a enarbolar una actitud, una voluntad expresionista, que mantendrá constante a lo largo de toda su trayectoria. Claramunt es un artista por actitud, por convicción. No se casa con ninguna corriente, no se ha dejado embriagar por los cantos de sirena de las nuevas estéticas. Infatigable paseante de las ciudades y sus noches, atento viajero por las marismas nocturnas, marismas de alcohol, flamenco, conversación y delirios. Controvertido, escéptico, rebelde, es uno de los pocos pintores que aún posan su empeño vital en cada nuevo cuadro que respira. Al contemplar sus obras- que es en cierto modo, cómo verle a Él, siempre de negro, esa figura agitanada con aire de joven patriarca- uno tiene siempre la sensación de estar caminando por el filo de una cuchilla, los pies, a veces van desnudos, en otras ocasiones ligeramente calzados; como si cada cuadro estuviera pintado al borde de un abismo, en el límite de alguna frontera, marcada seguramente por los dictados de su propia conciencia. Porque en éste sentido, y quizá sólo en ése, la obra de Claramunt tiene una gran carga ética, su propia ética fronteriza y limítrofe. No hay en Él un deseo de marginalidad, sino más bien una consciente y lúcida decisión de situarse en los límites, fuera de ese tiempo y de ese territorio impuesto por modas y corrientes.

Uno de los rasgos que más seducen de él es esa singular radicalidad e independencia con que hace frente al toro negro de la vida y la pintura. Pocas veces van tan parejas una obra y una actitud vital. Alguien que lo conoce bien lo ha definido así vive en la libertad del hombre primitivo, no participa en la vida social ni hace concesiones a nadie. Es un pintor que por su calidad podría estar en la cumbre, pero se aparta de todo lo que sean concesiones para trepar.

El lenguaje de su obra se ha movido desde  sus inicios con un lenguaje expresionista, no exento de una voluntad constructiva que concede gran importancia a la estructuración de la imagen. Es en la estructura del cuadro, dónde reside la verdadera esencia de su obra, más incluso que en el tratamiento del color, por muy dramático y expresivo que éste pueda resultar.

El colorido vibrante y encendido, en ocasiones de un fauvismo deslumbrado por la luz del sur, que iluminará sus cuadros en la década de los setenta y principios de los ochenta, un color albero, común a la arena del desierto y a la arena del ruedo, se va atemperando, la paleta se vuelve menos encendida, menos chirriante y exaltada. Las sombras, el negro sobre blanco, los tonos manchados, la tectónica de la línea, una línea brillante y serpentina, van desplazando esa temperatura cromática.

El expresionismo de Claramunt es más una actitud que el empleo elaborado de un vocabulario formal. Su elección de este acento expresionista como vehículo pictórico se debe, a mi juicio, al hecho de haber encontrado en éste una vía perfecta para traducir su peculiar concepto dramático de la realidad. A lo largo de su trayectoria, esa pulsión ha ido evolucionando desde un primer momento en el que la densidad de la materia y el sentido incendiario del color dictaban las reglas del juego, hasta nuevos estadios en que el cuerpo de su pintura se ha ido purificando y despojando, haciéndose más sombrío, menos retórico.

A finales de la década de los ochenta, tras su estancia en Marruecos, su pintura se irá haciendo más suelta, más exacta. Con menos elementos expresivos, con una artillería más ligera y un trazo más económico y luminoso, consigue transmitir más con menos. De un cierto exceso a una pulcra energía. Paseantes y vagabundos, tauromaquias personales, escenas callejeras, paisajes urbanos e interiores, han ido saltando por la borda hacia otras aguas casi puramente abstractas. Aguas que pese a todo no han dejado nunca de remitirnos a un mundo real de manera que nunca podemos considerarle un pintor puramente abstracto.